Camboya: “El país de la tierra roja”.

Dos veces he tenido la suerte de visitar este caótico, mágico y desgarrador país. Dos veces que me fui con la misma sensación agriculce y melancólica de querer volver.  Dos visitas muy diferentes y que conquistaron por completo mi corazón.

Mi primera toma de contacto con Camboya fue de apenas una semana. Me encontraba por entonces recorriendo Tailandia y atraída por el tesoro arqueológico de Angkor Wat decidí viajar hasta la turísitica Siem Reap al noroeste del país. 

El templo de Angkor Wat (ciudad del templo traducido literalmente) construído en el siglo XII, fue dedicado originariamente al dios hindú Vishnú pero desde hace siglos es mantenido por monjes budistas. La entrada al cojunto histórico de templos no es precisamente barata (unos 37 $ un día, 56$ dos días y 76$ tres días) aunque merece la pena recorrer su magnánime belleza y sentirte por un día como Indiana Jones o Lara Croft. Una vez en esta maravilla Patrimonio de la UNESCO, además de visitar el templo principal de Angkor Wat, no dejéis de visitar estos otros templos y lugares:

  • Las terrazas de los elefantes.
  • El templo de Bayon en Angkor Thom, conocido como el templo de las caras.
  • El templo de Ta Prohm, conocido como el templo de las raíces por la magnitud de las raíces de los árboles creciendo salvajemente alrededor del templo y sus ruinas. Recuerdo en particular este templo por la sensación de tristeza e impotencia que sentí cuando me vi acorralada por decenas de niños pidiendo limosnas y vendiendo pequeños souvenirs. También os digo, ¡no he comprado tantos imanes y postales como aquel día!
  • El templo de Preah Khan, próximo a Ta Prohm, era donde se encontraba la segunda universidad y donde a día de hoy las higueras han crecido a través de el.
  • Templo Pre Rup con una sinuosa subida de escaleras que gana importancia para admirar las vistas desde su cima.
  • El templo de Neak Pean, el templo de las serpientes entrelazadas (tranquilos no hay serpientes reales allí) y que esta rodeado por un impresionante lago.

En el templo de Ta Prohm es donde precisamente se rodó la famosa película de Angelina Jolie, Tom Raider. La actriz, que es muy querida en Camboya adoptó allí a una niña y años más tarde, dirigió la película  “Primero mataron a mi padre” basada en el libro homónimo sobre las memorias de Loung Ung sobre el genocidio ocurrido en el país en 1975 y del que os hablaré más adelante.

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Para recorrer el interior de los templos podéis alquilar una bicicleta, una moto, un tuk tuk o un coche privado con aire acondicionado. Todo depende de vuestro presupuesto y de vuestro estilo a la hora de viajar.  Personalmente me gustó recorrerla en moto y aproveché para visitar Banteay Srei. Un templo que también pertenece a Angkor Wat y que se encuentra a una hora del mismo. La curiosa peculiaridad es que fue construído exclusivamente por mujeres 150 años antes. Es un templo pequeño, bien conservado y lleno de pequeños detalles. Merece la pena aunque no seais amantes de la arquitectura dar un paseo por sus llanas carreteras de tierra rojiza y admirar su paisaje en estado puro, parar en alguno de los puestos comerciales que encontraréis a lo largo de la carretera e interactuar con los locales que os recivirán con una amplia sonrisa. Como consejo para visitar los templos, os recomiendo madrugar mucho para evitar las terribles colas y el asfisiante calor, así como dos días para visitarlos con calma.  Cuando hablo de madrugar mucho, me refiero a mucho, antes del amanecer. Como aliciente a los dormilones os diré que las fotos en el alba siempre son espectaculares.

En Siem Reap encontraréis alojamientos para todos los bolsillos, desde el famoso hotel de cinco estrellas “Grand Hotel d´Angkor” contruído en 1920 y otros modernos hoteles de lujo, hasta modestos hotelitos con toda clase de comodidades a precios más que razonables. Su pasado colonial francés donde adquirió popularidad a nivel internacional en el siglo XIX, es latente en toda la ciudad, donde el lujo extremo se entremezcla con la más absoluta pobreza.

Otra de las visitas obligadas una vez en Siem Reap es el lago Tonlé Sap, el mayor de agua dulce del sudeste asiático y que aporta pescado y agua de riego a la mitad de la población del país. Allí moran unas 90.000 personas, muchos de ellos vietnamitas, distribuidos en 170 pueblos flotantes que viven en condiciones bastante precarias. En los diferentes poblados los niños van remando al colegio y sus familias se sustentan gracias a la pesca y a la cría de cocodrilos. Los pueblos flotantes más conocidos son:

  •  Kompong Phluk (conjunto de aldeas sobre palafitos donde su mayoría es jemer).
  • Chong Kneas (muy turistíco y accesible desde Siem Riep).
  • Kompong Khleand (es el más remoto y menos turístico a unos 35 km al este de Siem Riep).

Las atracciones turísticas son caras en relación con la vida allí. La entrada a un pueblo puede oscilar entre los 25 y 35 dólares. Así que a modo de consejo, ojo para que no os timen por que suelen hacerlo. Para ellos, los turistas somos la perfecta oportunidad para ganar dinero y mejorar su situación.

De todos modos, sentido común y no dejéis vuestro pasaporte a la hora de alquilar una moto por ejemplo (yo siempre dejo uno de mis pasaportes caducados o una fotocopia del actual). Os recomiendo asimismo realizar un vídeo en el momento de alquilar la moto para que no os puedan reclamar daños ya existentes posteriormente. Además, no os olvidéis de tener un buen candado para vuestra moto o bicicleta. En mi segunda visita, me siguieron y estuvieron a punto de robarme la moto, afortunadamente llevaba un buen candado y les pillé con las manos en la masa.

Antes de entrar de lleno en los temas mas escabrosos del país me gustaría terminar de contaros la parte más turística y divertida del Reino de Camboya.

En Siem Reap podreís disfrutar de una variada oferta gastronómica, desde comida occidental para los más tradicionales y escrupulosos hasta sus deliciosos platos típicos para paladares aventureros:

  • Amok (con leche de coco, curry, vegetales, pollo…).Uno de mis favoritos.
  • K´tieu (sopa de fideos para desayunar).
  • Bai Saik Ch´rouk (cerdo frito).
  • Lok Lak (carne en pedazos a medio cocer servida con lechuga, cebolla y patatas).
  • Chock Nom Bahn (Tallarines Khmer cubiertos con curry).
  • Chaa Kdam (cangrejo frito, otro de mis favoritos).
  • Sus famosas hormigas de árbol rojas con carne y albahaca. Os estaréis preguntando quizá a que sabe una hormiga roja pues es bastante amarga así que muchas veces las sirven con chili. En mi caso, fui muy afortundada y me las pusieron además con unas pocas larvas de hormiga a modo de guarnición. Si, amig@s, es verídico. Os parecerá chocante pero los insectos están incluídos en su dieta, por ejemplo, las tarántulas es uno de sus platos más exóticos.
  • Encontraréis tambien muchos dulces (pong aime) pero no podéis dejar de probar el Tuk-a-loc. Es una bebida a base de frutas, huevo crudo y endulzada con leche condensada.

A modo de recomendación no os vayáis sin daros un buen masaje o quizá varios, pues no os costarán más de unos pocos dólares la hora. Por supuesto, los precios variarán si os dais el masaje en algún lugar local en el centro o en uno de los lujosos hoteles de cinco estrellas. Pero eso ya lo sabéis .

La vida nocturna es otro de los grandes atractivos para los turistas. Las calles céntricas de Siem Reap se vuelven ruidosas y sus carteles se transforman con horteras luces de neón. Si fiesta es lo que buscáis tenéis que ir a  Pub street.  Los borrachos se entremezclan entre el estruendo de los numerosos locales donde la insonorización aun no ha llegado. Podría compararla en menor escala con la estrafalaria Khao San en la capital tailandesa de Bangkok. En pub street, podréis beberos una pinta por cincuenta céntimos de euro, probar insectos o haceros una foto con ellos que es lo que la mayoría realmente hace. Para los que os gusta probarlo todo, podréis beber vino de serpiente. Normalmente, introducen una serpiente venenosa viva en una jarra con vino de arroz u otro tipo de alcohol y lo dejan reposar durante varios meses mientras el etanol descompone el veneno. Aparentemente dicen que aumenta la virilidad, frena la caída del cabello y cura el dolor de espalda. Permitidme que lo ponga en duda. Para los más extremos podreís encontrar sangre o incluso las bilis de la serpiente en Tequila y otros alcoholes. Os diré, que las serpientes pueden sobrevivir varios meses en la botella (menuda borrachera).

Como defensora de los animales deciros que me parece una práctica bastante cruel y en Camboya sufrí mucho con el trato que le dan a todos los animales. Si os esta empezando a impactar mi artículo deciros que la cosa no ha hecho mas que empezar. El resto de este artículo no es apto para personas sensibles, ya que esta cargado de contenido realmente duro, por lo que no os esperéis la típica reseña turística. Os voy a contar lo que no se suele contar.

Una de las cosas que más me impactó en Camboya, y creédme, me quedé de piedra en inmurables ocasiones, fue lo que consideran un manjar en gran parte de Asia: comer el cerebro de un mono mientras esta vivo. Ahora es una práctica más predominante en Vietnam e Indonesia y su precio es muy elevado. A modo de curiosidad, comentaros que la variente de las vacas locas de Creutfeldt Jacob es una amenaza real en los cerebros de mono, pudiendo llenar tu cerebro de agujeros. Llamadlo Karma.

Como os comenté antes, os voy a contar lo que no se suele contar. Como defensora de los derechos humanos e interesada por la política internacional me parece importante no quedarnos solo con el punto de vista de un turista que viaja exclusivamente para disfrutar de un país. Y así, procedo sin más dilaciones a contaros mi segunda visita al Reino de Camboya.

Esta vez, realizaba un viaje largo de muchos meses alrededor del sudeste asíatico. Así que decidí ahorrar cruzando la frontera a Camboya desde Vietnam en un bus local. Esta vez, no tuve el mejor de los recivimientos. En el bus, era la única turista, lo que hizo más fácil que el conductor intentase llevarse una propina pidiéndome el valor del visado más lo que el consideró por adelantado antes de cruzar la frontera. Me negué y una vez mi visado fue estampado en mi pasaporte, el bus había desaparecido con la mayoría de mis cosas. Sin darme tiempo a entrar en pánico si quiera, una moto, con un niño de unos 12 años pero con la mirada pícara de uno de 20, paró decidido para decirme que me llevaría hasta el bus. Eso sí, le tendría que dar el dinero que el conductor del bus me había pedido. Sin otro remedio que aceptar la estorsión, me subí en la moto con la bilis en la garganta y un cabreo poco habitual en mí. Tras diez minutos en moto entre caminos desérticos, empezaba a acojonarme cuando sin más, apareció el bus. Me pillé tal revote que no les di ni un céntimo y ellos terminaron riéndose. Mamá, creo que tienes razón, cuando me cabreo, me cabreo…

Tras el pequeño incidente en la frontera, me había ganado el respeto de los locales que presencieron la trifulca, ofreciéndome fruta e interesándose por saber más de la loca rubia alterada en busca de su mochila. Tras el susto, me puse a andar. No llevaría más de 5 km cuando el calor se hacía insoportable. La mochila pesaba cada vez más y mi gps marcaba 87 km para llegar Phnom Penh, la capital del país. Apunto de entrar en crisis nerviosa, un camión de campesinos se detuvo y me invitó a ir con ellos. Y así, sin muchas mas opciones, me fui encima de un montón de material para trabajar el campo con mi querida mochila. Tras unas cuantas horas, no recuerdo cuantas, me despertó una de las señoras que iba a mi lado para decirme que ya estabamos en Phnom Penh. Recuerdo que era noche cerrada y por primera vez en muchos meses, me tomé el lujo de pedir un taxi.

En esta segunda visita donde recorrí Camboya en una Scooter semiautomática un poco destartalada, tuve la suerte de conocer a muchos locales que cambiarían mi visión del mundo para siempre.

Y así, fue como conocí la historia de Phuong. Tenía 21 años y tres hijos. Trabajaba de prostituta desde los 13.  Su madre también lo era y fue vendida varias veces como esclava sexual (la primera por su padre a un hombre que podría ser su abuelo). “Mi madre nunca conseguió salir de los burdeles de Phnom Penh hasta su muerte”, me contó entre lágrimas. Recordó borrosamente el día en que perdió su virginidad. “Vestía un vestido rosa fucsia con volantes y mi cara estaba totalmente maquillada” me explicó con tristeza. Por entonces, Camboya era el paraíso de los pedófilos y a día de hoy a pesar de que se han tomado medidas gubernamentales, sigue siéndolo aunque menos explícito. En este punto de la conversación en la que intentaba contener mis lágrimas y mi estómago estaba totalmente revuelto, me preguntaba como era esto posible. El inglés de Phuong era asombrosamente bueno, le gustaba la lectura y la música clásica. Por un momento, no pude dejar de pensar que esa chica de mirada dulce y sonrisa mutilada podría haber sido yo… de haber nacido allí. Me despedí con muchísimo dolor, Phuong había aceptado su destino. Era su modo de vida para mantenerse y sacar adelante su familia. Como ella, miles de niñas en Camboya y muchas otras partes del mundo corren la misma suerte.

Mis siguientes semanas en Phonom Penh resultaron ser muy intructivas culturalmente, por así decirlo. Movida por la curiosidad de saber la historia del país me quedé perpleja al averiguar que no tenía ni idea de la historia real durante los años de terror en los que vivió inmersa Camboya durante la dictadura de Pol Pot (entre 1975 y 1979). No pude evitar sentir una profunda decepción conmigo misma. Se suponía que me interesaban los conflictos internacionales, que me había formado en derechos humanos, que tenía un máster en la materia. Pues ya veis, quizás cuando piensas que empiezas a saber es cuando te das cuenta que no sabes nada. Los viajes sin duda, te dan esto, dosis de humildad y a veces con suerte, un poco de optimismo para intentar colaborar en crear un mundo mejor.

Cuando pensamos en un dictador automáticamente nos viene la imagen de Hitler a nuestro cerebro. Para algunos quizá Stalin, Mao, Mussolini, Fidel Castro, Alberto Fujimori, Franco, Pinochet…. pero realmente pocas o nunca, escuchamos el nombre del sádico Pol Pot.

Decidí ir hasta el Killing Fields (campos de la muerte) de Choeung Ek a 15 km de la capital. Allí pasé uno de los momentos más sobrecogedores y tristes de mi vida. El ejército maoísta de los Jemeres Rojos liderados por Pol Pot mataron a su propios compatriotas sin piedad. Pol Pot llegó al poder en abril de 1975. Obligó a toda la población a abandonar las ciudades ya que quería construír una sociedad comunista y agraria. Creía que solo los que trabajaban en el campo eran poderosos y dignos. Lo llamó el año zero. Dividió a las familias, hombres, mujeres y niños. Solo los bebés y los más pequeños pudieron permanecer con sus madres.  Los llevó a campos de trabajo (Killing Fields o campos de la muerte) distribuídos por todo el país. Allí eran torturados, se les forzaba a trabajar 20 horas diarias comiendo dos veces al día un bol con unos míseros granos de arroz cocido. Uno de estos lugares es Choeung Ek, donde mataron a más de 400.000 personas.

En la actualidad, gran parte de los campos de la muerte continúan en paradero desconocido en medio de las selvas camboyanas.

Mientras caminaba por el desolador campo de exterminio, pude ver huesos y trozos de ropa entre la hierba y el barro que tapaba la multitud de fosas comunes. Lo que os contaré a continuación es sumamente macabro. Los jemeres rojos realizaron innumerables barbaridades en sus campos. Uno de los árboles del Campo de la muerte de Choeung Ek, fue utilizado para matar a los bebés delante de sus madres. Cuando vi los pequeños huesos clavados en el árbol no pude evitar romper a llorar. A su lado, una fosa común con más de 1000 mujeres a las cuales torturaron, violaron y mataron a machetazos para no gastar balas. A muchas, les cortaron la garganta para que no pudieran gritar. En la entrada de Choeung Ek se erige un gran edificio que alberga miles de calaveras humanas de las víctimas encontradas.

Así, en 3 años y 8 meses de dictadura mataron a más de 3 millones de personas de los 8 millones que formaban por entonces la población del país. Simplemente por llevar gafas, tener una carrera o ser una amenaza intelectual, eran motivos suficientes para matarte. Pol Pot instaló una cárcel en uno de los abandonados colegios en el centro de la capital. Pues tras movilizar a toda la población, las ciudades quedaron desérticas. Visité esta cárcel mi último día en Phnon Phen. No fue la mejor de mis ideas. Ver las diferentes salas de tortura e interrogatorio (con las fotos en sus paredes de los cadáveres mutilados) en las que aun permanecía la sangre seca con un pestilente olor a químicos entremezclado con la poca ventilación, hicieron que saliera de allí y vomitase toda la comida.

Si habéis conseguido llegar hasta aquí, es posible que os preguntéis el destino de este cruel, sanguinario y tarado dictador. Pol Pot no fue linchado, no fue a la cárcel, murió a los 72 años de un ataque al corazón, el 15 de abril de 1998. Nunca se arrepintió de sus crímenes. Para poneros en situación, aunque el régimen de Pol Pot terminó en 1979, el enfrentamiento de la Guerra Fría seguía latente y Vietnam bajo la órbita soviética invadió Camboya. De modo que la ONU decididió condenar la intervención vietnamita y dar apoyo militar y humanitario a los sanguinarios jemeres rojos.

Como actualmente, los intereses estratégicos, geopolíticos y económicos vencen la idea de humanidad y pueden llegar a convertirse en un cinismo recalcitrante donde la idea de justicia no existe.  Los jemeres rojos fueron legítimos ocupantes del escaño de Camboya en la ONU durante mucho tiempo, incluso 10 años después de la caída del régimen, ocupando el asiento en la Asamblea General de la ONU Jeng Sary, acusado de crímenes de guerra contra la humanidad y del crimen de genocidio en 2007 (aunque murió antes de dictarse la sentencia).

Los acuerdos de París firmados en 1991 donde se restable la paz y  la monarquía en Camboya fueron aprobados entre otros por el presidente francés, François Mitterrand, el secretario general de la ONU, Javier Pérez de Cuéllar y el secretario de estado norteamericano, James Baker.  No calificaron de genocidio lo ocurrido en Camboya por las siguientes palabras que cito textualmente: “culparlos del crimen sería mermar la solución diplomática elaborada en nombre de la reconciliación nacional”.

Un capítulo en la historia de la ONU de la que deberían sentirse avergonzados. Primero, por permitir tal sadismo y segundo, por atentar y traicionar los valores recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Para terminar, os agradezco a todos los que habéis llegado hasta aquí y os pido disculpas por ser tan directa y explícita. Os prometí al inicio de mi blog contaros mis opiniones, mis experiencias aunque no todas seas bonitas, aunque algunas sean muy duras y eso es lo que de corazón, pretendo hacer.

No quiero dejaros con este terrible mal sabor de boca. Así que voy a terminar este artículo con la última parte de mi viaje por Camboya, la isla paradisiaca de Koh Rong. Parecida a las islas de  su vecina Tailandia pero sin tanta aglomeración de turistas. Playas de arena blanca y aguas cristalinas, donde me evadí por un tiempo de tanta dosis de realidad. A mi vuelta a Phonom Penh, después de una semana en el paraíso, me alojé unos días en un modesto alojamiento en el centro de la ciudad. Mercados ambulantes, perros callejeros y una arquitectura decadente rodeaban el pobre albergue cuyo cartel ya no se tenía en pie. Un día escribiendo en mi diario, la hija del dueño empezó hacerme trenzas mientras tarareaba una canción, su gato se acurrucó en mis pies y empezó a diluviar. Recuerdo aquel día por que pensé, estoy preparada para decir, adiós, Camboya.

“Por muy larga que sea la tormenta, el sol siempre vuelve a brillar entre las nubes”– Khalil Gibran

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